Fruits Basket: Aprendiendo a aceptarse a uno mismo – El gato del zodíaco chino

Entre la inmensa variedad de títulos que salen cada nueva temporada de anime, el año pasado tuve la alegría de empezar la primera parte de la revisión de Fruits Basket, un remake que sin duda da un buen lavado de cara a una obra que ya se adaptó por primera vez a la pantalla en el 2001. Aparte de las evidentes mejoras visuales, hay que mencionar que, por aquel entonces, el manga aún no había terminado y Natsuki Takaya, su autora, no lo concluiría hasta varios años después, en el 2006. Como podéis imaginar, esto implica que dicha primera adaptación dejó inconclusa la historia original pero ahora, 18 años después, tenemos el placer de poder ver adaptada toda la obra.

Avisamos que este post puede contener spoilers de la primera temporada.

Fruits Basket nos habla de una joven llamada Tôru Honda. Tras perder a su madre, su única familia cercana, decide que quiere valerse por sí sola trabajando y asistiendo a clases para poder seguir avanzando y lograr un futuro. Sin embargo, ya fuera por casualidad o necesidad, termina cruzando su camino con el de los Sôma, una desestructurada familia que decide acogerla temporalmente en su domicilio al encontrarla residiendo en una tienda de campaña. Lo que Tôru no tarda en averiguar es que varios de sus miembros están malditos y se transforman en el animal cuyo signo del zodíaco chino encarnan cuando entran en situaciones especialmente embarazosas (cuando los abraza alguien del género opuesto es el recurso que más vemos).

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Con una premisa sencilla pero eficaz, vamos conociendo al resto de los Sôma a medida que progresa la serie, dejándonos entrever sus respectivas historias del pasado y las diferentes relaciones interpersonales que conforman a la familia, afectando las primeras a las segundas. Más allá de presentarnos una diversidad de historias personales, desde el amor fallido de Hatori Sôma hasta el acoso escolar de Kisa Sôma, lo verdaderamente interesante es hallar cómo algo tan relativo y ajeno como es la historia del zodíaco chino origina una serie de resentimientos y odios dentro del grupo de los ‘animales’ que lo forman, superponiéndose (sin opacar) a las relaciones existentes entre los familiares. El zodíaco conforma las raíces del árbol familiar de los Sôma.

La maldición del gato

«Hace mucho tiempo, ‘Kami-sama’* les comunicó a los animales: “Os invito a la fiesta que celebraré mañana”. Pero la rata, que era muy de gastar bromas pesadas, engañó a su vecino el gato y le dijo que la fiesta se celebraría dos días después. El día de la fiesta, la rata montó sobre el buey y saltó para llegar la primera. Le siguieron el buey, el tigre y el resto, uno detrás de otro, y todos disfrutaron de la celebración hasta el amanecer. El gato, engañado, se quedó sin ir». *Palabra japonesa para “deidad” y que en muchos casos se traduce erróneamente como “Dios”, pero que nada tiene que ver con el Dios cristiano.

La historia del zodíaco chino nace de la religión taoísta y existen diferentes versiones: la más popular habla de cómo el Emperador de Jade, una de las figuras más importantes del panteón taoísta y el dios gobernante del cielo, invita a varios animales a una fiesta; en otra, organiza una carrera para decidir qué animales entraban al zodíaco. Ya sea en una versión u otra, el ratón engaña al gato y le deja fuera del zodíaco, dando lugar a la famosa rivalidad entre gatos y ratones.

En la familia Sôma, todos odian al gato. Símbolo de desdicha y desgracia, Kyô Sôma fue aislado y repudiado por sus congéneres desde temprana edad, quedando únicamente al cuidado de su madre. Pese a su sobreprotección, Kyô no sintió un amor genuino por su parte, y la paranoia y el miedo a ser odiados nublaron la percepción de su madre provocando que lo viera como al gato en lugar de como a una persona; su recelo la llevaba a comprobar numerosas veces al día que el amuleto que retenía la ‘verdadera’ forma de su hijo estaba intacto. Como un estigma, la maldición del gato impidió que su madre ‘viera’ a su propio hijo, finalmente falleciendo y dejándolo solo en el mundo. Irónicamente, igual que el gato quedó fuera del zodíaco, Kyô quedó fuera de su familia.

«El gato nunca formó parte de los doce animales».

Un individuo que es rechazado por los demás y cuya existencia se niega es una persona que crece no solo sin aceptarse a sí mismo, sino que tampoco reconoce que otros le acepten y cualquier intento de empatía, acercamiento o simple cariño puede caer en saco roto, provocando que poco a poco el propio individuo termine autoimponiéndose su aislamiento. ¿Significa esto que, para que otros te quieran, tienes que aprender a quererte a ti mismo primero?

El rechazo y el amor forzado

«¿Cómo que busque sus cualidades positivas? ¿Qué significa eso? ¿Cómo vamos a buscar algo bueno en nosotros? No entendemos aquello que odiamos y, precisamente por no entenderlo, lo odiamos. Obligarte a encontrar cualidades positivas es tan vacío… Es como si tuviéramos que inventarlas. Las cosas no funcionan así. Creo que, cuando alguien te dice que te quiere por primera vez, es cuando puedes empezar a gustarte a ti mismo. Y que, cuando alguien te acepta, puedes perdonarte a ti mismo y empezar a tener amor propio». Yuki a Kisa Sôma, el tigre.

Aunque exista algún pariente que no acepte el devenir de los hechos, ningún Sôma puede o quiere desafiar la jerarquía preestablecida y regida por el cabeza de familia de la rama principal (conocemos cómo el dragón se atrevió a desafiarla una vez, con terribles consecuencias). Siendo incapaz el gato de sentirse aceptado por nadie, una persona decidió salvarlo antes de que fuera demasiado tarde: Kazuma Sôma, el maestro del dojo donde entrenó (y se crió), su única figura paterna y su auténtica familia. Como pariente de un gato, Kazuma fue testigo de la vida que llevó su abuelo, encerrado y aislado hasta el día de su muerte, y quiso dar el primer paso para detener ese ciclo. Quiso darle un hogar.

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Kyô, ¿quieres venir a vivir conmigo?”

Hemos dicho que la historia del zodíaco teje las relaciones entre los familiares, y es que del mismo modo que todos odian al gato, el gato culpa a la rata, Yuki Sôma, de su desdicha. Kyô tiene miedo de perderlo todo una vez más y volver a quedarse solo en el mundo, y prefiere blindar su corazón y no sentirse nunca aceptado como ser humano pleno a permitir que alguien le vea y le reconozca tal y como es; el miedo al rechazo supera a la posibilidad de ser reconocido y el odio a la rata atenúa ese sentimiento (siempre es más fácil culpar a otros de tu destino que buscar la solución en uno mismo). No obstante, eso no significa que Kyô no sea, en cierto modo, sociable: le gusta relacionarse con otras personas, y le gustaría poder hacerlo sin sentir el miedo continuo al rechazo.

A pesar de todo esto, Kazuma fue capaz de crear una primera apertura en el blindaje de Kyô; aunque el gato no fuera consciente, alguien comenzó a quererle. Aunque a Kyô le disgusta su verdadera naturaleza, su verdadero “yo”, le permitió aproximarse. Como simple rasgo distintivo, aunque otros Sôma han estudiado artes marciales bajo el tutelaje de Kazuma, solo Kyô le llama “maestro” («shishou»), mientras que el resto se refieren a él como “profesor” («shihan»); oculta del mundo sus verdaderos sentimientos hacia su maestro porque no ‘reconoce’ su cariño (aunque lo permita).

Permitir que otros se acerquen es un paso importante; sin embargo, lo difícil es aceptar la genuinidad de los sentimientos de los demás hacia ti, del interés por conocerte y abrirse a ti, y que no son fruto de la compasión.

El cerdo (representado como un jabalí), Kagura Sôma, fue compañera de juego de Kyô cuando eran niños, antes de que falleciera la madre. Siendo ambos portadores de la maldición del zodíaco, podían entenderse y sentirse comprendidos más fácilmente. Como niños que eran, además de inocentes, también eran sinceros y, por desgracia, la sinceridad de Kagura se convirtió en un arma de doble filo: en algún momento de su infancia juntos, por simple capricho o por diversión, le quitó a Kyô el amuleto (ignorando que servía para ocultar el verdadero rostro del gato). Cuando Kagura le vio de verdad, se sintió aterrada; sumado al rechazo y aislamiento que había sufrido el gato de la familia Sôma, se sumó la profunda herida que le causó el cerdo, pasando a ignorar de ahí en adelante todo sentimiento que quisiera forzar en él.

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La obsesión de Kagura por que Kyô vuelva a reconocer sus sentimientos se evidencia con la mochila de gato que lleva a todas partes.

Del mismo modo que hizo la madre, Kagura quiere hacer creer a Kyô que ese día no sintió miedo, que no lo repudió, cayendo en el mismo error; el arrepentimiento del cerdo por herir al gato le fuerza a tratar de convencerle de que sí le acepta, pero no reconocer el sentimiento de miedo hace que la herida del gato se haga más grande. No quieren verle como realmente es. Pero, a pesar de todo lo dicho y aunque pueda parecer una incongruencia, que Kagura sintiera miedo de Kyô no invalida el resto de sus sentimientos hacia él, y es este el verdadero punto; que niegue su miedo de ese día no significa que lo demás también sea una mentira. La sinceridad de Kagura (ese arma de doble filo) la empujó a jugar y a divertirse con él cuando eran niños porque de verdad le apreciaba (y le aprecia). Y esto nos lleva a la ‘protagonista’ de esta historia, la que perturba el estado de las cosas en la familia Sôma: Tôru Honda.

La aceptación y el amor propio

Como personaje que cumple con el arquetipo femenino shojo (es optimista, nunca se enfada, se desvive por los demás, etc), Tôru siempre ha hecho un gran esfuerzo por entender a los Sôma. Comprende el peso de la maldición del zodíaco y aprende que todos ellos han sido tratados con crueldad o lástima. Irónicamente, pese a que todos los portadores de la maldición albergan sentimientos y experiencias similares, no son capaces de entenderse; en la rota familia Sôma, la comunicación brilla por su ausencia. ¿Tan diferente es su situación de la de Kyô? ¿De verdad no comprenden al gato?

“Incluso los poseídos por los doce signos somos personas”. Yuki Sôma

 

“Ni me he hecho más fuerte de repente ni han cambiado las cosas. Mi cuerpo aún se estremece, pero seguiré afrontando mis miedos”. Kisa Sôma

Tal parece que todos los miembros malditos de la familia estarían condenados a vivir infelices, pero luchan por seguir adelante e intentan ser reconocidos por los demás. Cada miembro tiene su propia lucha, pero nadie es capaz de ponerse en el lugar de Kyô. Es por todo esto que Kazuma, deseando que Kyô se acepte a sí mismo y abra su corazón a otra persona, retira el amuleto del gato y Tôru presencia su auténtica forma, aquella que todos temen y odian. Y Tôru siente miedo.

Cuando una persona que no se acepta es forzada a salir de su comodidad, solo puede reaccionar de una manera: huye (¿recordáis la reacción de Mafuyu en Given?). Kyô ha sufrido tantos rechazos que otro más es insoportable y solo puede huir lo más lejos posible para evitar mirar siquiera a Tôru. Kyô cree que ha perdido a otra persona, como perdió a su madre y a su familia. Aun con buena intención, Kazuma le ha empujado a un abismo.

«¡Ambos sabemos que soy asqueroso y repugnante! ¿Por qué no me dejas en paz?»

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Pero Tôru tampoco quiere perder a Kyô.

«Tengo miedo… Ahora mismo, a pesar de que oigo tu voz, no parece la tuya. Nunca te había visto así y eso me asusta. Pero a partir de ahora, quiero entenderte. Igual que tú escuchas mis problemas, a partir de ahora quiero que compartas conmigo tus preocupaciones. Quiero que me cuentes tus problemas, tus temores y tus debilidades. Que dejes que me preocupe por ti. Porque quiero seguir viviendo junto a ti».

Tôru acepta al gato.

Tras alcanzar este punto de inflexión en la historia, queda ver qué rumbo decide tomar Kyô, ahora que reconoció la aceptación de Tôru, y cómo afectará esto al resto de miembros de la familia Sôma. ¿Serán capaces de hacerse entender por primera vez en mucho tiempo? Las heridas son viejas y profundas pero, de momento, tocará ver cómo inician esos primeros pasos.

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